Llevo 3 noches durmiendo en el sofá, en mitad del salón, porque no quiero volver al cuarto (que ahora es gigante y tiene un color amarillento como de enfermedad) No soy capaz de comer carne, se me revuelve la tripa de sólo mirarla (es algo físico, ni siquiera llega a intervenir el pensamiento) No tengo ganas de nada. No tengo hambre. Si no me forzara, no comería. A veces estoy tan absorta, tan despistada que ni siquiera me acuerdo. Muevo el dedo por la pantalla del móvil buceando por las redes sociales, pero debo ir con los ojos (o el cerebro) cerrados, porque no me entero de nada. No veo nada. Y tampoco me importa una mierda. (Igual ayer se rompió... o rompí el móvil inconscientemente por alguna cosa de estas psicológicas que nunca entiendo) Es increíble como el dolor puede materializarse en una burbuja espesa y opaca, viscosa, que no te deja vivir más allá de sus fronteras. He dejado de mirarme en los espejos y de ponerme pendientes y pintarme los labios. Mi...