Aquí estamos


J. va a ver a mi madre a menudo.

Yo no he ido a verla desde hace tres años.

Desde el día en que la echamos.

Porque ni siquiera sé dónde lo hicimos.

Él tampoco, pero supongo que no le parece tan importante la precisión.

Yo, sin embargo, necesito una especie de seguridad que sé que no voy a conseguir.

Ese día estaba tan ida que no recuerdo nada.

Sé que me dije ‘aquí, aquí que hay estoy lo otro y me servirá para orientarme cuando venga sola a llorar o a hablar con ella o a sorber silencio’

Pero no recuerdo las señales que me quería recordar a mí misma.

No recuerdo nada.

Y no voy.

Y cualquiera diría: qué cojones importa que estés una cala o dos más allá o más acá?

Y yo lo veo como algo vergonzoso… no recordar dónde coño está tu madre, qué clase de persona olvida dónde dejó a su madre?

Pasan los años (así, en plural) rápido, pero el dolor no pasa casi.

Y hoy, al ver todas esas putas estrellas en el espejo del piso de J. pienso en que no queda casi nadie con quien pudiera hablar de ella y nadie con quien realmente pueda hablar de ella.

Y pienso en el tiempo que hace que alguien no me abraza y duerme conmigo; no, pienso en el tiempo que hace que alguien que no me abraza y quiero quedarme ahí, y en el tiempo que hace que no quiero dormir con alguien.

No hablo de sexo, es otra cosa.

El otro día hablando con un colega de si nos gusta o no dormir acompañados, yo le decía que no porque no sé dormir con otro al lado. Luego recordé que sólo he dormido bien junto a una persona en concreto y sé que no tiene nada que ver con el momento vital ni con el grado de amor: tiene que ver con la seguridad, con desnudarse, con deshacerse, con la libertad.

La libertad de poder ser tú al 100% y eso… eso sólo lo tuve esa vez.

Igual por eso podía dormir una noche tras otra a pierna suelta.

Pero de todo esto no dije nada, me lo guardé para mí.


Pienso en todas esas mierdas de ‘seguro que estaría orgullosa de ti’ y chorradas del estilo que me revuelve el estómago escuchar.

La gente a la que no se le ha muerto una madre no tiene ni puta idea.

Pero no puedes decirlo, porque incluso en medio del dolor tienes que entender y ser educada y empática cuando lo único que te apetece es gritar y mandar todo a la mierda.

Sobre todo a los que no están.

¿Quién se acuerda del sufrimiento de otro?


Y yo sólo puedo pensar en que dejé de conocer demasiado pronto a mi madre.

En que me gustaría que alguien viniera a casa y me llevara a rastras a coger un tren a algún sitio verde y a bañarnos en un mar frío y reírnos, y gritar… y sí, que me diera mil besos.

Porque los besos curan, creo.



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