Lecciones duras como hostias
Y una aprende que querer a veces no basta, que la magia no existe fuera de cabezas con complejo de peter pan... que esperar que salga el sol no siempre funciona y que el mundo tiene algo de razón con eso de que segundas partes nunca fueron buenas.
Y una echa de menos lo que hubo y lo que no hubo, incluso lo que antes no le habría gustado que fuera, porque la mente se convierte en un experto maestro de esgrima con una catana en la muñeca.
Y una deja de buscar como hiciera antaño algún mensaje, alguna pista, algún bote salvavidas... porque una ha decidido auto-salvarse, porque no es lo más bonito, pero es lo más razonable y lo más sano, y sobre todo, lo más rápido.
Y una acaba odiando los cuentos infantiles, los finales felices, las heladerías y hasta las esquinas desconchadas de la fachada de al lado de casa.
Y los días se vuelven algo más asfixiantes, más rancios... y una rompe fotos y borra discos duros (o blandos, poco importa)... Y una sale a correr con los ojos cerrados.
(igual esperando una pantalla más interesante del videojuego)
Y una deja su espada y su pluma y su barra de labios y se va. Se va lejos. A bosques con río y sin cobertura. A tierras sin gente ni bocas torcidas.
Y una empieza a mirar para ver, a callar por callar...
Una aprende que no hace falta estar triste para llorar, ni llorar para estar triste...
Y una aprende que la mejor forma de vivir no es ver la puta botella medio llena, es romper la botella contra el primer risco que encuentres y seguir el camino sin brújula y sin importancia, sobre todo sin importancia.


